21.8.11

cabaret



En Padua todo tiene un precio (voy a ser muy simbólica con todo lo que escriba hoy), y eso, de a ratos, es bueno. El dinero divide y marca distancia, pero en Padua tiene la cualidad de aglomerar y otorgar una llamativa igualdad de oportunidades: cualquiera con cien mangos se toma un champagne, los afortunados con tres gambas se pueden llevar a una respetable atorranta (ojo, no se acepta tarjeta de crédito) y el que tiene un poco más, combina y en una de esas hasta comparte la parranda. Pese a las bondades de un lugar así (tan democrático, tan poca ropa y tan tanto amigo de jolgorio y vino espumante a tomarse del pico en botella tibia) hay algo que desespera: saber que la gente festeja y que uno está en otro nivel (totalmente diferente a ese). Las tarimas chorreantes del sudor de las paredes blancas, los espejos recién marcados por las manos de las putas que resbalan a cada lugar, la voz rasposa de un locutor cocainómano social y las luces verdes y rojas que giran la pista y rebotan contra el caño abrazado una y otra vez por las piernas de una mujer distinta y semidesnuda cada noche, tornan a Padua un espacio genial, pero que los invitados de la casa sean tan alegres y dispuestos a festejar, y uno con menos pulgas que un limón, ese contraste furtivo es el que desgasta la imagen. El lugar es fabuloso, pero no estar a tono vuelve a cualquiera un mero consultorio de indignación, y yo, claramente (tristemente, salvajemente) a esta altura soy una depredadora hogareña y de hábitos conyugales.-